La curva del tiempo

Ficción

Entonces escapé. No fue una fuga en el sentido vulgar de la palabra, sino una suerte de desplazamiento en el tiempo de mi propia conciencia, como si un hilo —invisible y obstinado— me hubiese arrancado de aquel instante para arrojarme a otro que, sospecho, ya había sido vivido por alguien más. Comprendí, al cabo de unas horas o de unos siglos (las medidas se vuelven inútiles cuando el miedo las deforma), que no huía de ellos, sino de una versión de mí que ellos conocían mejor que yo mismo. Esa revelación, lejos de aliviarme, me condenó a una vigilancia perpetua. ¿Quién era el perseguido y quién el perseguidor? En los claros del monte, donde el silencio adopta formas casi humanas, creí oír mi nombre pronunciado con una entonación que no me pertenecía.

No eran nuestras esas voces, dije —o creí decir—, pero la afirmación se desmoronó pronto. Toda voz, incluso la más ajena, acaba por infiltrarse en la memoria y reclamar una filiación. Así, lo que antes eran ecos comenzó a parecerme recuerdos; y lo que yo llamaba recuerdos, quizá no eran sino anticipaciones de un destino que se repetía con tediosa exactitud. Avancé sin rumbo, guiado por una intuición que no sabría justificar. Cada paso era, al mismo tiempo, una elección y una obediencia. Pensé en los antiguos laberintos, no en los de piedra sino en los laberintos del tiempo, donde cada bifurcación no conduce a un lugar distinto, sino a una variación imperceptible del mismo lugar. Tal vez yo ya había escapado antes. Tal vez este relato —que ahora persisto en ordenar— no sea más que la copia defectuosa de otro que alguien escribió en mi nombre.

Y sin embargo, hay un detalle que me concede una ilusión de singularidad: el cansancio. No el del cuerpo, que es trivial, sino el de la identidad. Me pesa ser yo, me fatiga sostener esta continuidad que otros llaman vida. Sospecho que ellos, mis perseguidores —si es que existen—, no buscan mi muerte, sino mi sustitución. Alguien ocupará mi lugar con una precisión intolerable, repitiendo mis gestos, mis dudas, incluso estas palabras. Si eso ocurre, si este “yo” se disuelve en otro que lo imite con perfección, entonces mi escape habrá sido inútil. Pero también —y esta idea me consuela con una lógica casi cruel— habrá sido inevitable. Porque en algún punto del monte, en alguna curva del tiempo, otro hombre, idéntico a mí, estará escribiendo estas mismas líneas, convencido de haber escapado de los laberintos del tiempo.

No hay silencios limpios

Ficción

El agua cae con una disciplina que envidio. No duda, no se arrepiente, no recuerda. Yo, en cambio, repaso cada escena como si pudiera torcerla a mi favor con solo mirarla de otro modo. El vapor empieza a cubrir el espejo, y agradezco no tener que sostenerme la mirada esta vez. Hay días en que uno preferiría no ser testigo de sí mismo.

La casa está en silencio, pero no es un silencio limpio. Hay pasos que no se han dado aún, palabras que ya se han dicho demasiadas veces, y ese rumor leve —casi indecente— de lo que sabemos que va a ocurrir. Llegarán. Siempre llegan. Como si alguien hubiera escrito sus nombres en el margen de esta historia y no quedara más remedio que hacerlos entrar.

Me sumerjo un instante, lo justo para que el mundo se apague. Bajo el agua no hay crónica, no hay culpa, no hay esas miradas que pesan más de lo que deberían. Solo un latido, torpe pero insistente, recordándome que sigo aquí, a pesar de todo. Salgo con el cabello pegado al rostro, como si acabara de nacer en un lugar que no pedí.

Sobre la mesa, el cuaderno espera abierto, arrogante, como si supiera que volveré a él. La tinta se ha secado en mitad de una frase que no tuve el valor de terminar. Quizá porque escribirla sería admitir demasiado. Quizá porque hay verdades que solo funcionan mientras permanecen a medio decir.

Escucho la primera señal: un golpe leve en la puerta, casi respetuoso. Qué consideración tan inútil. Nadie llama así si no viene a remover lo que uno ha intentado enterrar.

Seco mis manos con calma, porque fingir control es lo único que todavía me sale bien.

—Ya voy —digo, aunque nadie ha preguntado.

Y antes de abrir, antes de permitir que entren con sus sonrisas y sus secretos a medio coser, miro el cuaderno una vez más. Esta vez no lo cierro. Esta vez dejo la página expuesta, como una herida que ha decidido no disimularse.

Que pase lo que tenga que pasar. Total, ya estamos demasiado dentro como para salir ilesos.

Lanzando dardos

Poesía

Corteses relaciones se rompen
mientras está escupiendo pruebas
desde un abismo profundo
de costumbre malsana.

Extraños pasan como bandolero sin nombre,
y alguien intenta contar lo que nunca estuvo protegido,
lo que deja en manos caritativos gestos
un conocimiento cada vez más pueril.

Los artistas, dicen, huyen de la peste
pero sigue latiendo en la domesticidad amarga
de una puerta que se abrió sin ruido,
como si todo fuera un juego divertido
de alquilarse el alma.

Quedan los feroces de nosotros,
ese sendero sólo visible
cuando consagrar la vida parece permitido
entre rabias de lenta combustión.

En la choza, unto los sentidos al silencio,
como si pudiera estrangular la tristeza
antes de que llorara el mundo por habitarlo.

Y habiéndose quedado sin nombre,
seguro hubiera sido distinto
si la danza daba otro olor a la tierra seca.

Pero estaré aquí,
mirando la inmundicia convertirse en recuerdo,
como si alguna vez hubiera sido
otra cosa que esto.

Suspiros de lo marchado

Poesía

 

Bruto nuevo el día,
con pereza de volver a playas
donde las novelas susurran lóbrego destino.

Hemos de trabajar, dicen,
mientras los sofismas siguen atacando
ambos lados de la cólera,
ese minuto que oyen los encantamientos
antes de desmenuzar tristemente la desgracia.

Egoísmo en las sienes,
como un cuadrado mal trazado,
arrastraba lo terrenal entre tiranos
y ellas, que eran millones,
decían que poseo apenas un círculo de piedra.

Innoble el rumor de los avellanos:
caen, como caen las promesas
que pondrían fin a la sed de los rebaños
que prohibían la explosión de los brazos.

Enorme reino que ahorrará futuros,
conoceré el trabajo y las canciones
aunque la torpeza arda en quemadores de paciencia.

Muchas veces, en éxtasis, somos
lo que no sabemos guardarse,
lo que intenta traer lo precioso
entre músicas rotas y cuántas preguntas.

Suspiros de lo marchado,
de esa misma sombra donde logré
nombrar al terror
con la luz temblorosa de los cirios.

Sin permiso

Ficción

Hay miradas que funcionan como cuchillos y lenguas que funcionan como notarios del desastre. Aquellos idiotas me habían recibido alegres tras mutilarse, como si perder algo fuera una fiesta privada y yo el invitado de honor. Qué despreciables. Conducían sin permiso por aquella carretera reseca y polvorienta, convencidos de que la culpa es un mito inventado por los aburridos. Yo conducía, extraviado entre aquellos misterios, como durmiendo. La línea amarilla era una serpiente inmóvil y el horizonte una promesa que bostezaba.

Con menos alegrías, olfateaba a aquellas perras. Celosas. Siempre al acecho, bebiendo ternuras ajenas como si fueran licor barato. Las ternuras desgarran aparte, eso nadie lo dice en voz alta. Primero te acarician y luego te dejan en luto, buscando un confesor que no bostece mientras enumera tus pecados ociosos. Verás el peligro, me repetía, cuando esté demasiado cerca para huir.

Él iba en el asiento del copiloto, con esa sonrisa de quien ha sufrido una victoria sencilla. Amaba esos estribillos, ciertamente. Los repetía como si fueran conjuros: existiremos, otorga guerras, soñé adonde la forma inerte pesa menos que el recuerdo. Yo pensaba que estaba loco. O peor, cuerdo en un mundo que prefiere la fiebre.

Aquellos otros, los que nos esperaban más adelante, deseaban magos, fantasmas de rodillas, reyes espirituales que supieran suponer y prometer. Querían guerras que justificaran su cáncer íntimo, su manera infantil de romper lo que apenas empieza a latir. Malvados no por grandes planes, sino por pequeños desdenes.

Conducían sin permiso, sí, pero también sin destino. La carretera se deshacía bajo las ruedas como pan viejo. Yo inventé un mapa en mi cabeza para no aceptar que estábamos perdidos. Pesa admitirlo. Pesa más que el silencio que se instala cuando alguien deja de fingir.

Soñé que nos detenían. Que nos obligaban a bajar del coche y a explicar por qué existíamos, por qué beber ternuras ajenas nos parecía una forma de supervivencia. Soñé que él se arrodillaba ante un jurado de sombras y recitaba sus estribillos con una fe ridícula y hermosa.

Desperté cuando el coche dio un pequeño salto, como si hubiera tropezado con algo invisible. Nadie nos había visto juntos. Ni las perras, ni los idiotas, ni los supuestos reyes. Solo la carretera, que todo lo escucha y nada confiesa.

Seguimos avanzando. Alejados, fuertes por pura suerte. Sufrir era sencillo; lo primordial era no detenerse. Él tarareaba. Yo conducía. Y en ese murmullo, entre polvo y fantasmas, comprendí que la verdadera mutilación no era perder una parte, sino quedarse inmóvil.

No nos vieron juntos. Pero existimos. Y eso, para quienes conducen sin permiso por el mundo, ya es una pequeña victoria.

Como parar el Armagedón nuclear

No ficción

El Armagedón, derivado de Har Megiddo (monte de Meguido) en Israel, es el lugar bíblico citado en el Apocalipsis donde se librará la batalla final entre el bien y el mal, representando el enfrentamiento definitivo entre Dios y los gobiernos humanos. Simboliza el fin de los tiempos, la destrucción del mal y a menudo se usa para catástrofes globales.

La noche antes del relámpago

En las guerras modernas siempre hay una noche en la que todo parece suspendido.

No es todavía el desastre. Tampoco es ya la paz. Es un tiempo extraño, una pausa tensa en la que las ciudades siguen iluminadas, los cafés siguen abiertos y los teléfonos siguen sonando, pero en el aire flota una pregunta que nadie formula en voz alta.

Esa noche existe ahora alrededor de Irán.

En Teherán, las avenidas siguen llenas de tráfico. Los vendedores de té siguen trabajando. Las familias siguen caminando por los parques. Pero de vez en cuando alguien levanta la vista hacia el cielo. No es un gesto dramático. Es casi inconsciente. Como si el cielo se hubiera convertido de pronto en un lugar del que puede llegar algo.

Las guerras del siglo XXI empiezan de forma extraña. No comienzan con ejércitos marchando, sino con puntos luminosos en pantallas de radar, con drones que parecen insectos metálicos, con mensajes cifrados que viajan entre bases militares.

En algún lugar del desierto, ingenieros y soldados vigilan instalaciones que el resto del mundo conoce por nombres que suenan técnicos y lejanos.

Son lugares invisibles para la mayoría de la población, enterrados bajo roca y hormigón. Pero en ellos se concentra una de las grandes tensiones de nuestra época: el átomo.

Desde hace décadas, las potencias del mundo observan ese programa nuclear con inquietud. Entre ellas están Israel y Estados Unidos. Ambas han dejado claro durante años que consideran inaceptable que Irán llegue a poseer armas nucleares.

En el centro de esta nueva crisis aparece de nuevo una figura que divide opiniones en todo el planeta: Donald Trump. Para algunos es un líder dispuesto a actuar cuando otros dudan. Para otros es un político imprevisible e imprudente en un momento que exige prudencia extrema.

Pero la guerra rara vez se entiende mirando sólo a los líderes.

Hay que mirar también a los expertos, los estrategas, los científicos que pasan noches enteras analizando probabilidades. Ellos hablan ahora de algo que hasta hace poco parecía pertenecer al pasado: el riesgo nuclear.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una especie de pacto silencioso. Las armas nucleares existen, pero no se utilizan. Desde Hiroshima y Nagasaki, ningún país ha vuelto a detonarlas en combate.

Ese silencio —tan largo, tan frágil— es lo que algunos llaman el tabú nuclear.

El problema de los tabúes es que dependen de la voluntad humana. No están escritos en piedra. Pueden romperse.

Los estrategas imaginan escenarios. Ninguno es tranquilizador.

Uno de ellos habla de una bomba nuclear táctica: un arma más pequeña que las gigantescas bombas estratégicas, pero capaz de destruir una base militar entera. Sería una señal desesperada, un intento de alterar el equilibrio de la guerra.

Otro escenario es aún más inquietante por su lógica teatral: una detonación de demostración. Una explosión nuclear en el mar o en el desierto, destinada no tanto a destruir como a advertir.

Un mensaje enviado en forma de luz.

Hay también un peligro más silencioso. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión atómica, pero sí una nube invisible capaz de convertir regiones enteras en lugares inhabitables.

Los mapas estratégicos muestran flechas, rutas, objetivos. Pero los mapas nunca muestran el miedo.

El miedo aparece en otros lugares: en las conversaciones a media voz, en las colas frente a las gasolineras, en los mensajes que las familias envían a parientes en el extranjero.

En el Strait of Hormuz, los petroleros avanzan lentamente entre buques militares. Cada barco transporta millones de barriles de petróleo y, con ellos, una parte de la estabilidad económica del planeta.

El mundo moderno depende de estos estrechos, de estos cables submarinos, de estas rutas invisibles. Cuando la guerra aparece en uno de estos puntos, sus efectos se sienten muy lejos.

Quizá en una ciudad europea donde el precio de la energía sube de repente.

Quizá en un puerto asiático donde un carguero llega con retraso.

Las guerras de hoy no son sólo territoriales. Son sistémicas.

Y sin embargo, en su núcleo sigue existiendo algo profundamente humano: decisiones tomadas por personas bajo presión.

Un general que duda antes de firmar una orden.
Un político que decide esperar unas horas más.
Un operador de radar que vuelve a comprobar una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, pequeños instantes en los que alguien decidió verificar, preguntar, retrasar.

Momentos en los que el mundo siguió existiendo simplemente porque alguien eligió la prudencia.

Ahora el planeta vuelve a acercarse a uno de esos momentos.

Y como ocurre siempre antes del relámpago, la noche parece tranquila.

La guerra siempre empieza lejos. En el borde del fuego.

Empieza como un rumor. Una frase en la radio de un taxi. Un titular breve en una pantalla. Un mapa pequeño en la esquina de un periódico. Así comenzó también esta vez, en torno a Irán: primero rumores de ataques, luego columnas de humo, luego la palabra que siempre parece demasiado grande hasta que ocurre — guerra.

En Teherán, cuentan los periodistas, las noches se han vuelto más silenciosas. No porque no haya ruido, sino porque la gente escucha. Cuando un país entra en guerra, todos aprenden a escuchar: el cielo, las sirenas, los teléfonos, las noticias que llegan desde muy lejos.

En esta guerra hay muchos actores y ninguno parece tener el control total. Está Israel, que desde hace años considera el programa nuclear iraní una amenaza existencial. Está Estados Unidos, cuya presencia militar en la región nunca desapareció del todo. Y está Irán, un país que aprendió durante décadas a resistir sanciones, presiones y aislamiento.

En el centro de la escena aparece también una figura conocida y polémica: Donald Trump. Para sus seguidores, un líder decidido; para sus críticos, un hombre imprevisible. En tiempos de guerra, la percepción de quienes toman decisiones se vuelve casi tan importante como las decisiones mismas.

Pero el verdadero protagonista de esta historia no es un presidente ni un general.

Es el miedo.

El miedo tiene forma de átomo.

Desde hace meses, los expertos hablan de una palabra que durante décadas parecía relegada a los archivos de la Guerra Fría: nuclear. No porque alguien haya usado todavía un arma nuclear, sino porque la posibilidad ha vuelto a entrar en las conversaciones de diplomáticos y estrategas.

Irán posee uranio altamente enriquecido y un programa nuclear que desde hace años preocupa a organismos internacionales como el Organismo Internacional de Energía Atómica. Las instalaciones donde ese material se produce están enterradas bajo tierra, protegidas por roca y secreto.

Son lugares que no aparecen en los mapas turísticos, pero que pueden cambiar el destino del mundo.

Los estrategas hablan de varios escenarios. Ninguno es tranquilizador.

El primero sería el uso de un arma nuclear táctica: una bomba más pequeña que las gigantescas armas estratégicas, pero todavía capaz de destruir una base militar o una flota entera. Sería un gesto desesperado, una señal lanzada al enemigo y al mundo.

El segundo escenario es aún más extraño: una explosión nuclear de demostración. No contra una ciudad, sino en el mar o en el desierto. Un mensaje en forma de hongo de fuego.

Sería la primera detonación nuclear en guerra desde Hiroshima y Nagasaki.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una regla no escrita: las armas nucleares existen, pero no se usan. Los estrategas llaman a esto “el tabú nuclear”. Un tabú frágil, sostenido por miedo mutuo.

El problema de los tabúes es que funcionan… hasta el día en que dejan de funcionar.

Hay otro peligro, menos espectacular pero igualmente grave. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión nuclear, pero sí una catástrofe ambiental que obligaría a evacuar ciudades enteras.

En los despachos de Washington, Moscú, Pekín y Bruselas se estudian mapas. Los mapas siempre parecen ordenados: flechas, líneas, círculos. En los mapas la guerra parece casi lógica.

Pero en el terreno las guerras son otra cosa.

Son conductores de taxi que no saben si habrá gasolina mañana. Son padres que miran el cielo cuando pasa un avión. Son soldados que esperan una orden que quizá nunca llegue.

En el estrecho de Ormuz —un canal de agua por donde pasa una quinta parte del petróleo del mundo— los barcos ya no navegan. Cada radar vigila el horizonte. Cada capitán sabe que una chispa puede incendiar la región.

Las guerras modernas ya no se deciden sólo en el campo de batalla. También se deciden en los mercados de energía, en los satélites que observan desde el espacio, en los algoritmos que interpretan datos.

Y sin embargo, en el fondo, siguen dependiendo de algo muy antiguo: el juicio humano.

Un general que decide esperar.
Un político que decide negociar.
Un operador de radar que interpreta correctamente una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, instantes invisibles en los que el mundo estuvo a punto de cambiar.

Por eso los expertos hablan ahora con tanta inquietud. No porque crean que el apocalipsis sea inevitable, sino porque saben lo frágil que es el equilibrio.

La guerra, al final, no empieza cuando cae la primera bomba.

Empieza cuando los líderes mundiales empiezan a creer que ya no hay otra salida.

Los que deciden la guerra

No ficción

En las guerras hay dos geografías.

La primera es la que aparece en los mapas militares: fronteras, flechas rojas, nombres de ciudades, rutas de suministro. Es una geografía limpia, ordenada, casi abstracta.

La segunda es la geografía real.

Está hecha de habitaciones oscuras, hospitales improvisados, estaciones de tren llenas de gente que espera sin saber exactamente qué espera.

Entre estas dos geografías existe una distancia enorme.

Quien mejor la conoce rara vez es quien toma las decisiones.

Los líderes que empiezan las guerras viven en otro paisaje. Trabajan en edificios silenciosos, con alfombras gruesas y mesas largas. Allí la guerra llega en forma de informes, gráficos, mapas satelitales. En esas habitaciones el conflicto tiene el aspecto de un problema técnico que puede resolverse con cálculos.

En un despacho de Washington, D.C. o de Teherán, la guerra se presenta como una cuestión de estrategia.

En el terreno, en cambio, es otra cosa.

Es polvo.

Es miedo.

Es espera.

La mayoría de la gente no habla de conquistar territorios ni de destruir enemigos. Habla de cosas más simples.

Gasolina.

Pan.

Escuelas.

Electricidad.

La gente común vive en una escala distinta a la de los líderes. Para un ministro, el mundo se divide en regiones estratégicas. Para un taxista, el mundo se divide en barrios.

En el barrio hay una panadería, una farmacia, una parada de autobús. Ese es el universo que la guerra destruye primero.

Cuando uno conversa con los dirigentes, escucha palabras grandes: seguridad nacional, equilibrio regional, líneas rojas. Cuando uno conversa con la gente en la calle, escucha preguntas pequeñas: ¿habrá trabajo mañana?, ¿volverá mi hijo?, ¿cuándo terminará esto?

Las guerras nacen casi siempre en la primera conversación.

Y se sufren en la segunda.

Hoy el mundo observa con inquietud lo que ocurre en torno a Irán, donde las tensiones con Estados Unidos e Israel han vuelto a colocar la palabra nuclear en los titulares.

En los despachos donde se toman decisiones estratégicas, la discusión gira en torno a instalaciones como Natanz Nuclear Facility o Fordow Fuel Enrichment Plant.

Son nombres que suenan técnicos, casi burocráticos.

Pero cada una de esas palabras puede convertirse en una explosión, en una evacuación, en una ciudad vacía.

Entre los líderes que dominan ahora los titulares está Donald Trump, un hombre cuya forma de ejercer el poder provoca admiración en unos y rechazo en otros. En tiempos de crisis, las personalidades de los dirigentes adquieren un peso extraordinario.

Pero incluso los líderes más poderosos se enfrentan a algo que rara vez aparece en los discursos: la incertidumbre.

Las guerras comienzan con planes muy claros y terminan casi siempre de forma inesperada.

Los generales creen conocer el terreno. Los economistas calculan el impacto. Los estrategas trazan escenarios.

Y sin embargo la historia de las guerras está llena de sorpresas.

Un puente que se derrumba antes de tiempo.

Un aliado que no llega.

Un soldado que dispara demasiado pronto.

La guerra es el territorio donde los planes se vuelven frágiles.

Por eso los corresponsales de guerra aprenden pronto una lección: quienes deciden las guerras casi nunca ven su verdadero rostro.

No ven las estaciones de tren llenas de refugiados.

No escuchan las sirenas en mitad de la noche.

No sienten el silencio extraño que aparece después de un bombardeo.

Ese silencio es una de las cosas más difíciles de describir.

No es tranquilidad.

Es una pausa en la que todos esperan el siguiente sonido.

Tal vez un avión.

Tal vez nada.

A veces la paz depende precisamente de ese instante: de que alguien, en algún despacho lejano, decida esperar un poco más antes de firmar una orden.